Llevaba un tiempo con Ollama en el homelab, probando, aprendiendo, haciendo que las cosas funcionaran. Monté mi primer despliegue, estudié cómo encajaban las piezas y empecé a sentir que podía ir un paso más allá. Pero llegó un momento en el que me planté una pregunta incómoda: ¿esto escalaría si más de una persona lo usaba a la vez? La respuesta honesta era no. Tras investigar a fondo las alternativas, quedé claro que las herramientas que estaba usando no eran las más adecuadas para ese propósito. Y en lugar de seguir parcheando, decidí replantearlo todo desde cero.

El aire de mi Homelab vibraba con una energía latente, marcado por el susurro incesante de los ventiladores que libraban una batalla contra el calor de las máquinas. Para mí, ese murmullo era más que ruido, ese era el sonido de la promesa, la sinfonía de la automatización e inteligencia artificial que estaba construyendo. No se trataba solo de desplegar herramientas, sino de orquestar un ecosistema completo, una danza compleja de datos y procesos.
